SU PAPEL VERTEBRADOR DEL TERRITORIO

Los monasterios del Ripollès

Una de las pulsiones humanas de todos los tiempos es la necesidad de abandonar la vida colectiva para apartarse a cultivar la espiritualidad. Este impulso humano tuvo una gran acogida en el seno cristianismo. En el primer milenio se fundaron multitud de comunidades religiosas en Europa, muchas de ellas organizadas siguiendo la regla de San Benito, un eremita italiano que impulsó un modo de vivir en comunidad basado en el trabajo del alma y la búsqueda de Dios.

Los monasterios se convirtieron en los centros de cultura más importantes en el continente a la edad media. Los monjes copiaban y creaban libros maravillosos en sus scriptoriums, y reunían las bibliotecas más importantes con libros contemporáneos, de la antigüedad o de otras civilizaciones, que les permitían conocer el mundo, la gran obra de Dios. A fin de organizar la vida religiosa de su entorno, transmitían sistemas de gobierno y de relaciones humanas propias del mundo franco. Sus edificios y sus bienes muebles destinados al culto son todavía hoy auténticas joyas del arte románico.

Estas comunidades monásticas también llegan al Ripollès: Santa María de Ripoll, San Juan de Ripoll (más tarde llamado San Juan de las Abadesas) y San Pedro de Camprodon son monasterios benedictinos, fundados antes del año 1000 por iniciativa de los condes, tales como Wifredo el Velloso, con el fin de ayudar a la repoblación del territorio. Los tres tuvieron larga vida, llena de vicisitudes.

En ellos se conjugó la vida espiritual, la vida cultural, las trifulcas del poder civil y la dificultad de las relaciones humanas. Aún hoy siguen mostrando su esplendor y siguen siendo centros vivos de reunión de los cristianos del Ripollès y signo de identidad de los habitantes de sus pueblos. No os extrañéis pues si la gente del pueblo le dice «Voy al Monasterio». ¡Aunque ya no quedan monjes, para nosotros siempre lo será!